Del Lenguaje

Del Lenguaje

Hoy comenzaré con una definición, de la lengua como lugar de contradicción dialéctica de la apropiación y del intercambio lingüístico, con el objetivo de marcar muy bien, como entrada de juego, el cambio completo de perspectiva que nos hace falta operar hablando de lo que les he dicho cuando traté de responder a la pregunta “¿Qué es pensar?”. Pasamos, en efecto, del análisis de lo que, en el lenguaje releva ciertos procesos cognitivos (totalmente implícitos) que hemos estudiado a lo que, en él, lo releva enteramente de la sociología, es decir de la contradicción permanente (y completamente implícita) de la divergencia y de la convergencia (que por mala suerte ustedes conocen muy bien) constitutiva de la persona. Y por lo tanto, la antropología de Jean Gagnepain probó que los dos planes de racionalidad (racionalidad verbal y racionalidad social) eran, clínicamente, del todo autónomas.

Voy a comenzar por ilustrar esta oposición dialéctica partiendo de la existencia de lenguas. Recuerden: ¿Por qué, les decía, todos los delfines del globo hablan el “delfiniano”, si no podemos decir que todos los hombres hablan el “antroninano”? Simplemente porque los delfines –como los demás animales- buscan “comunicarse” entre ellos, en cambio lo que caracteriza al hombre, es precisamente el rechazo de lo que llamamos, en lenguaje corriente… ¡la “comunicación”! Es necesario comprender, en efecto, que no hay hombre a partir del momento en el que este dice al otro: “No soy tú”, es decir, ustedes lo saben, que comenzamos por hacer un hoyo para soportarnos nosotros mismos y a nuestro vecino, hoyo que nos hace mucha falta, en seguida rellenar, bajo pena de quedar condenados al idiotismo, en el sentido etimológico del término (los idiotas, en griego antiguo, son aquellos que se quedan encerrados en su singularidad). Dicho de otro modo siempre nos hace falta traducirnos, traducción que es necesario de tener por modelo de toda comunicación real. Eso quiere decir que si admiten esta oposición dialéctica de la divergencia y la convergencia, ¿La podemos llamar “una” lengua? No vayamos a buscar otro ejemplo. Esta noche, estamos obligados a expresarnos en una misma lengua que hemos coincidido en llamar “español”, es decir que utilizamos una cierta forma de hablar y que nos referimos a una cierta opinión, es decir a un cierto saber (en el sentido más extenso del término) los dos están indisociablemente unidos (exactamente como lo son, tratándose del signo, el significante y el significado). Comenzaré por distinguir estos dos términos para la comodidad del análisis.

En lo que concierne a hablar, está claro que no hay ninguna homogénea pero que constituye un conjunto heterogéneo en las tres dimensiones de nuestra “situación en el mundo”, es decir en el mismo momento del tiempo, en el espacio en la mitad (en el sentido social del término, bien entendido). En el tiempo, es evidente que el hablar que nosotros utilizamos hoy para expresarnos no es el mismo que el de Moliere, ni siquiera el de Montaigne, e incluso menos aquel que utilizaban en la edad Media. Y ni siquiera el hablar del español en el cual mañana, se expresaran vuestros hijos.

En el espacio, por otra parte, podemos constatar que nuestra lengua está llena de anglicismos, con lo hemos remarcado anteriormente, pero también de préstamos hechos a numerosas lenguas como el inglés, el árabe, el italiano por ejemplo, sin siquiera mencionar el latín y el griego, bautizadas “lenguas muertas”, pero que, en nosotros, quedaran vivas: prueba de esto, en el francés ¡no hay manera de derivar sin hablar griego y latín (cheval, équestre y hippique)!

Socialmente, en fin, vemos toda la diferencia existente entre el francés de una académico que, se dirige a una dama de mundo, la saluda así: “Mis condolencias, querida señora”, y el otro rufián que la saludará así: “¡hola vieja!”, o incluso, entre hablar así que “se va al peluquero” y el que dice que “va al peluquero”, y así seguirían (¡los ejemplos no faltan!).

Eso dice que hablar no es suficiente, para dialogar. La interlocución (que no se puede confundir con locución) se refiere a un patrimonio constituido, de ideas recibidas, de opiniones, de lecturas periodísticas, científicas, literarias, etc., patrimonio, también, perfectamente heterogéneo en el tiempo, el espacio y el medio (es decir variando por cada uno de nosotros en función de la educación, por supuesto, pero también del trabajo, de sus curiosidades, etc.): eso es la opinión. En otras palabras, si pronuncio, por ejemplo la palabra “estructura”, cada uno de ustedes interpretará espontáneamente esta palabra de una manera diferente según haya, o no, recibido una formación lingüística, o de arquitectura, o en física atómica, etc.

Eso significa que, desde que dialogamos, creamos espontáneamente un saber. A lo mejor contribuimos a un saber, pero, en la mayoría de los casos, citamos o recitamos o, incluso celebramos (eso es la “literatura”) un saber ya utilizado, saber que, de manera muy significativa, los ingleses llaman lore (que sirvió para formar la palabra “folklore”), y que los alemanes llaman Lehre (es decir el saber transmitido por el aprendizaje). Algunos, en nuestros países  hablamos de “mentalidad”, y otros de “civilización”, como nuestros profesores de lengua que, habiéndose dado cuenta que expresarse en una lengua no era solamente hablarla, sino que también dialogar, se bautizaron “profesores de lengua y civilización”. Le intención era de lejos de ser censurables, cierto, pero la ingenuidad era muy grande y consistía en poner a hablar de un lado a esto y del otro a la opinión, dejando pensar que hay dos realidades diferentes que tratarán de poner en reporte (¿pero qué reporte?). Los dos, como ya les he dicho, son absolutamente indisociables. Eso quiere decir que, tenemos el derecho de emplear la palabra “lengua” en singular, a condición de ver una entidad política, es decir una entidad resultante de la permanente reducción de la distancia existente entre la tendencia a la apropiación singular de una forma de hablar y de una opinión (que esta apropiación sea la de dos interlocutores, de un pequeño grupo o de una vasta comunidad, poco importa) y el compartir de esta forma de hablar y esta opinión, su intercambio, su puesta en común, dicho de otro modo su comunicación, en el sentido propio. Esta reducción política, si ustedes quieren verla de esta forma, es la de la separación entre el idiotismo de la esquizofrenia y el consentimiento de la paranoia a toda palabra emanada de su interlocutor cualquiera que sea el propósito que este tenga, separar, pues, entre la heterogeneidad absoluta y la homogeneidad esta también absoluta. Pero lo que hace falta entender aquí es que esos dos polos, salvo el bloqueo patológico de uno de los dos, existen en permanencia en todos los sujetos hablantes en el fenómeno de la comunicación verbal. El espacio social de la interlocución es un permanente va y viene entre esos dos polos. Se explica, al mismo tiempo, el hecho de que toda lengua se encuentra sometida a los dos “vistas” políticas antagonistas (el conservatorio y el progresismo), que intentan resolver la dialéctica de la divergencia y de la convergencia, se en el sentido de la convergencia, se en el sentido de la divergencia.

Por un lado, reducimos la heterogeneidad temporal, espacial y social de los hablantes y de los sabios en el sentido de la homogeneidad, imponiendo una lengua en la que solo algunos se expresan: aquí, son los habitantes de Paris (“no hay mejor ejemplo que Paris” decía ya Villon). Y esta reducción se hace a expensas de todas las divergencias internas, de cualquier origen que sean, y es así que el provenzal o el de Bretaña, por ejemplo, se encuentran excluidos como “dialecto”. Esa es la política conservadora, si no es reaccionaria (que esta sea de derecha o de izquierda: ‘piensen en Jules Ferry!), y como unimos la variedad de hablantes y saberes, podemos decir: “¡Ese es el francés!”. Esta política, por supuesto, no puede jamás llegar a la pureza perfecta, ya que hemos visto que expresarse en una lengua suponía la apropiación singular que hacemos del signo, y de la divergencia; ¡es una pureza de gato de la calle! Tratamos, sin embargo, de “parar”, en el sentido casi jurídico del término, un hablante y una “literatura”, lo que nos daba ayer, aquí, el diccionario de la Academia francesa, la Gramática de buen use de Grévisse, así como, de mi tiempo, el famoso “Lagarde et Michard”, verdaderas instituciones destinadas a darnos la ilusión de una homogeneidad interna del francés.

Por su parte, ¿qué es lo que hace la política progresista (sea esta de derecha o de izquierda)? Exactamente lo contrario: esta tiende a tener una extensión en el tiempo, el espacio y el medio del estatus de lengua en todos los hablantes y a todos los saberes. Esta vez, es Babel: poniendo al límite habría tantas lenguas como individuos. Y nos solamente estudiaremos el “hablar marsellés”, para retomar el título de una obra que ustedes deben conocer, sino que veremos a universitarios hacer tesis sobre la lengua del Marsellés vivientes de la pesca, habitante cerca del Viejo Puerto y ¡de sesenta años! En realidad, de la misma manera que la política conservadora está obligada a tolerar ciertas divergencias, la política progresista jamás sabría hacer valer sus reivindicaciones en el punto que cada uno pueda tener su lengua y que su lengua pueda ser siempre reconocida.

Después de haber distinguido con cuidado y lo más claro posible lo que, en el lenguaje, releva, de una parte, los procesos cognitivos específicos, a saber la contradicción dialéctica de la apropiación y de la comunicación (la lengua), quisiera ahora llamar su atención en el fenómeno de la interdependencia, o del signo y de la lengua, en otras palabras en la interferencia del plan de la sociedad sobre el plan del signo. A decir verdad, lo que llamamos “el lenguaje” no es ni signo, ni lengua, sino la combinación, en el sentido casi químico del término, de los dos. Es un poco del “lenguaje” como el agua, que resulta de la combinación, como cada uno sabe, del hidrógeno y del oxígeno, cuerpos simples de los que la catálisis produce otro cuerpo, con propiedades nuevas, y que es precisamente el con el cual ustedes se lavan las manos, se quitan la sed, etc. Algunas comparaciones no tienen razón de ser. Y mientras tanto…

Mientras tanto, se ha mostrado que, pasado el periodo de Babilonia, el niño posee muy temprano la lógica formal de un adulto –a la edad de dos años o dos años y medio, es decir desde que él dice, por ejemplo, “dodo”, como ya les he dicho. En otras palabras, no hay un “lenguaje infantil” si nos ponemos en el punto de vista de los procesos cognitivos: la capacidad de signo es innata en el hombre, Pero es verdad que esta capacidad de signo puede revelarse a través de la impregnación de una lengua a la otra, legua que será inculcada al niño por su entorno (sus padres, su familia, su medio, la escuela, etc.). Si esta impregnación no tiene lugar, si capacidad de signo no se podrá manifestar jamás. Es el caso bien conocido del “niño salvaje”, del que se ha ocupado el doctor Itard. Es el caso también, nos reporta Hérodote, del faraón que, curioso por saber cuál podría ser la primera lengua hablada por la humanidad, decidió encerrar a un bebé en un cuarto cerrado desde su nacimiento, y durante los primeros años de su vida. Era absurdo, y se imaginarán al pobre niño, no teniendo de dónde impregnarse a una lengua, era, de la misma manera, incapaz de hacer signos, en el sentido en el que lo hemos definido. El error está en pensar que los hombres hablaron una “primera” lengua, precisamente, primera en el sentido cronológico. Eso viene a decir que el Homo sapiens y el Homo socius son perfectamente contemporáneos.

Es esta misma interferencia de planes (la de la racionalidad verbal y la de la racionalidad social) que explica, por otra parte, que no hemos hecho todo la misma lógica según la practicamos una lengua como el francés que posee, por ejemplo, un nivel de hablar, lo que llamamos las “proposiciones relativas”, y una lengua que, como el japonés, no la tiene. Todos aquellos que han practicado la enseñanza de las lenguas dichas “extranjeras”, han comprendido rápidamente que no se trata simplemente de transmitir una opinión (“lengua y civilización”), sino que hay, más divergencia de lógicas. Y la contraprueba es fácil a efectuar: lo podemos constatar, en la evidencia, que descripción del francés hace por un inglés, un turco, o un japonés no hay más que verlo, lógicamente, con la que es hecha por un francés. En breves rasgos, hay tanto “francés” como hay lenguas “extranjeras”. Estamos en la relatividad, ¡la más absoluta! Ahí está por qué, es completamente absurdo tener instituido en nuestras facultades de letras los departamentos de “francés como lengua extrajera” (el famoso “FLE” so sabría, científicamente, tener la mínima existencia).

Quiere decir que esta retroacción (o feed-back, para emplear el vocabulario de la cibernética) de la sociolingüística sobre lo cognitivo, puede dar, en fin, una definición precisa del concepto de mentalidad. Aquellos que se refieren a los imputados generalmente en ese concepto y en el estilo de las catedrales que se pueden tener en una cantina o en comedor, etc. Sociológicamente, no es falso. Pero, sociolingüísticamente, son los traductores que más han tenido este problema; ellos comprendieron que pasar de una lengua a otea no era solamente pasar un manera de hablar i una opinión a otra lengua u otra opinión (¡operación que ya no es tan sencilla!), sino que siempre había una parte absolutamente incomprensible, una Percepción del mundo para volver a tener la palabra Humboldt, es decir “una visión del mundo” propia de cada lengua, es por eso que cada autor escribía en la misma lengua, Y bien, es lo que llamamos “Mentalidad”, en el sentido exacto (y etimológico) del término, es precisamente este universo mental que resulta del préstamo  se la lengua en nuestros procesos cognitivos. Eso es lo que explica, por ejemplo, la obra de un Descartes traducido en inglés, jamás sabría ser la obra que el filósofo habría escrito ¡si el hubiera sido inglés! Tomando en cuenta esto, ven que así mismo entre dos lenguas que entretienen entre ellas una innegable relación (tanto en el nivel de hablar que en el nivel de la opinión), hay una divergencia de mentalidades. Añadiría, en fin, que esta divergencia de mentalidades, en el sentido exclusivamente sociolingüista que he dado a esa palabra, no aparece en ninguna parte con más evidencia que entre los matemáticos, que, ellos, habían renunciado hace mucho tiempo al sueño formalista de “las matemáticas puras”, por no decir “matemáticas universales”. Los matemáticos no se entienden entre ellos, pero ¡no solamente por cuestiones de teoría! Para convencerlos, abran un libro de matemáticas,  el más simple de los manuales, escrito en Inglés, después otro escrito en alemán, y un tercero en japonés, y este aunque estas obras no contengan más que ecuaciones. ¡No existe la lengua de las matemáticas! En realidad, hay casi la misma cantidad de matemáticas que de matemáticos, (y casi lo mismo de matemáticas que de objetos a tratar: las matemáticas de la economía no son las del astrofísico, etc.) Ven que la espléndida asolación de la “lengua bien hecha”, para retomar a Condillac ¡es una gran broma! Es necesario pues admitir que las matemáticas, siendo lenguaje, tienen todas las propiedades, y como el lenguaje, se hace de lenguas, en plural. Es importante entender que las matemáticas son una escritura de la lógica conceptual resultante de nuestra capacidad de hacer signos; pero como esta conceptual es, desde el inicio, inseparable a las diferentes lenguas que la manifiestan, su escritura lo es con más razón.

Esto es fuerte e interesante. Tuve, personalmente, cuando enseñaba en Beirut, la oportunidad de estancarme en el problema de la traducción en lengua árabe de manuales de matemáticas escritos en francés. ¡Misión imposible! ¿Por qué?) Pues bien, simplemente en razón de una irreductible que había en esta diferencia de mentalidades de las que acabo de hablarles. Y comprendí, al mismo tiempo, que el ordenador no podría jamás ayudar en lo que sea, tratándose de la traducción de una lengua “natural”, como decimos, a la otra. Era la época, hacia el final de los años sesenta, cuando los lingüistas e informáticos soñaban con construir una “máquina de traducción”. Pongan en el ordenador esto: “El cátedra es débil y el espíritu es ardiente”, la contraprueba les dará, en el mejor de los casos, algo así como: ¡“la carne está suave y el cerebro quema”! Años más tarde supe que uno de mis amigos (antiguo ingeniero de I.B.M.) que encadenaba en los medios de tratar las matemáticas por la informática. Le dije: “¡Pierdes tu tiempo en vano!”. ¿Por qué “en vano”? Porque sería muy cómodo confiar al ordenador la solución de todas nuestras ecuaciones: eso hubiera liberado a los matemáticos que podría, en fin, parar en este gran esfuerzo que tuvieron al hacerlo si quisieran tomar en cuenta la calidad. Pero comprenden que el pensamiento, aunque sea cojo, no puede ser tratado en el ordenador, simplemente porque este se expresa en lenguas, diversas y múltiples como las nuestras llamadas “naturales”.

Cerremos este paréntesis: no quería, aquí ilustrar la divergencia de las lógicas, y más en general, la divergencia de las mentalidades, divergencia que es propia del hombre. Dicho de otro modo que nos regocijamos o nos lamentamos, jamás nos entenderemos entre franceses, ni tampoco entre europeos. Piensan que, la razón más grande, la mundialización del pensamiento no existirá jamás: siempre habrá, conflictos perpetuos de mentalidades o de civilizaciones. ¿Por qué? Simplemente porque, como lo saben, lo universal no tiene nada que ver con lo humano.

Lo único universal en el hombre es su cuerpo natural, pero es conveniente añadir que es ese cuerpo que le permite, a diferencia de los mono antropoides (¡sin hablar de los ordenadores!) elaborar la singularidad, (la diferencia si lo prefieren), singularidad que se constata en todos los dominios: no puede existir una “lengua universal” ni un “arte universal”, ni “derechos del hombre universal”, o una “religión universal”; no existe lenguas, estilos, códigos, o sectas. Eso es lo que no queremos admitir en Europa (o en el Occidente) desde el Renacimiento, es decir desde el nacimiento de un humanismo que, hoy aún, nos hace tomar por dos concepciones universales que no eran y no quedan que las nuestras. ¡No tenemos más el derecho de despreciar en ese punto lo que hay de humano en el hombre! Es necesario, muy al contrario, que aprendamos a traducirnos, es decir a soportar, por el diálogo, nuestras divergencias en todos los niveles, del más microscópico (en la medida de nuestras conversaciones) al macroscópico (en los reportes entre naciones, como las “civilizaciones”).

Ven que al hablar de “traducción”, es en realidad, hablar de todos nuestros intercambios sociales, intercambios que se funden todos (que se trate del intercambio de palabras, de bienes, de mujeres, etc.) sobre la apropiación. Pueden decirme que el animal, también se apropia: un zorrero, por ejemplo, o bien un territorio, o incluso de las hembras. Es verdad, ¿pero practica la exogamia? ¿Han visto, por otra parte, dos lobos intercambiar su territorio? O, incluso, ¿una liebre su casa? Seguro que no. Eso no existe, sino en La Fontaine… y ¡en los etólogos! Esas son mentiras, ¡hay que decirlo! ¡Todo está ahí! Y eso es porque el animal no es “político”, en el sentido de Aristóteles, es decir que, a diferencia del hombre, él no hace contrato, no firma tratados, en una palabra, no elabora leyes. Si lo prefieren, no tiene usos arbitrariamente codificados.

Y bien, justamente, la lengua, es el uso arbitrariamente codificado, dicho de otro modo es la ley: no es por azar si, en latín, lex y el verbo que significa “leer” (ligero) son formados de la misma raíz. Pero ahora. Me dirán ustedes, ¿de dónde viene la ley? De nosotros, así de simple, exactamente como es en nosotros que reside la capacidad de hacer signos.

Dicho de otro modo, así como hemos hablado de existencia, en el hombre, de un principio estructural análogo a aquel que nos permite producir el signo, pero que nos permite, esta vez, producir la sociedad, y no solamente de vivir en manadas. Pero entendámonos bien en los términos: hablando de “manada”, no piensen que se trata en algo para denigrar al animal. La manada, es una cierta organización de “vivir juntos”, como decían algunos, organización que puede esperar, en ciertas especies, un grado de elaboración extremadamente complejo que estamos aún muy lejos de conocer.

Y mientras no paremos de pertenecer al reino animal, viviremos en manadas: vean todos los fenómenos de contagio emotivo, los fenómenos de multitudes, los fenómenos de masa, (como aquellos que se producen después de la muerte de Michael Jackson), etc. –y puede ser, que tengamos algo en común con el animal es lo que llamamos la “simpatía”, el hecho, etimológico, de “sufrir con”. Pero nosotros somos unos animales diferentes, en el sentido que tenemos la capacidad, tomando nuestra animalidad (en lo que esta tiene de gregaria) como trampolín, de acceso por abstracción, en el principio de la singularidad, principio que revestimos enseguida en nuestra animalidad, sin jamás poder coincidir con ella. Incluso ahí, hay, en esta oposición bipolar del singular y de lo universal, un “juego” del todo análogo al que hemos analizado concerniente al reinvertir la estructura verbal en el universo del mundo a decir. Eso dice que todo el mundo sabe bien que las leyes son hechas para ser arregladas, abolidas o reemplazadas un día o el otro. Si no hay leyes universales, no habría tampoco leyes eternas.

De la misma manera, ¿Por qué no hay contrato que no tenga una cláusula de cancelación? Porque la cancelación es el fundamento mismo del contrato: no hay contrato que no estipule la posibilidad de de anular, ¡si es que puedo decirlo! Y este va a todos nuestros tratados de todos nuestros compromisos, etc., brevemente de toda política (en el sentido no político del término que ustedes han comprendido). De política, en el fondo, en ese sentido, no hay que una: es la revolución permanente, en la medida en la que no cesamos de estar sumidos al porvenir. Y es por esas palabras que terminaré, pasa exactamente lo mismo con la traducción, en el sentido “lingüístico” del término, están siempre a rehacer (¿os habéis dado cuenta a qué punto ellas “envejecen” rápidamente?). Ese es el por qué el trabajo de la elaboración de un diccionario de la academia francesa y una gramática del buen uso no podría terminar. Esa es la razón por qué, en fin, el célebre “Lagarde et Michard” de la época de mis estudios está siendo reemplazado por nuevas antologías “folklóricas” (en el sentido anglo-sajón de la palabra, ¡bien entendida!).

Antes de terminar, les propongo que hagamos juntos una muy breve recapitulación metodológica. Si me han seguido, han comprendido que hablar del “Lenguaje” como de una realidad científica es una ilusión, ya que el “lenguaje” hace intervenir cuatro órdenes de determinismos. Un determinismo propiamente cognitivo que hemos abordado desde que nos hemos preguntado “¿Qué es pensar?”; un determinismo técnico, del que les he hablado tratándose de las “formas de escribir”; un determinismo social, que hemos visto hoy que hace que el lenguaje se haga lengua; en fin un determinismo ético (o moral) con el que les he entretenido hablando de “la libertad de expresión”. Brevemente el lenguaje no sabría en ningún caso ser un “dato” científico. Dicho de otro modo, la Ciencia del hombre, como todas las otras ciencias, debe comenzar por establecer sus datos. Desde ese punto de vista, no hay ninguna diferencia entre nosotros y Lavoisier, que a separado científicamente ese fenómeno de naturaleza que llamamos “el agua” para dar existencia del H2O. Lavoisier desarmó, por decirlo así, ese fenómeno natural para hacer lo que llamaos un “objeto de ciencia”, y ustedes saben que es gracias a él que hemos pasado de la alquimia a la química. Y bien, nos hace falta desarmar “al hombre”, y, pues, todos los fenómenos, que no sean naturales, sino culturales. Esta diferencia entre el lenguaje y lengua es absolutamente fundamental, y nadie la hace, salvo los mediadores, bien entendido, y es una pena. Resultado: hablamos siempre con “la boca llena”, si puede decirlo, y nos condenamos a no ver nada, y a no decir nada, científicamente, de lo que pasa por lo tanto, a equivocación (como tendremos la ocasión de verlo) como la entelaría del hombre: el pensamiento. Es también improbable que en el país de los castillos de la Loire, que tiene una tradición de cultura y de inteligencia muchas veces secular, se necesario pelearse para hacer admitir una teoría por la que los chinos mismos comenzaron a interesarse. ¡Vamos a parecer malos!

Pero ¡sólo los chinos! Cito a Jean Gagnepain: “Nosotros no pretendemos, saberlo todo; pero creemos en ser capaces de ayudar, al menos, a mejorar las búsquedas. Como, no es verdad que en el oeste no hay nada nuevo. Algunos de los representantes que tenemos hasta en los Estados Unidos, podrían, un día o el otro, reenviar a la nueva Europa un Colombo de nuestra creencia apto para aclarar, al regreso, lo que queda del Viejo Continente. La actual facilidad de los contactos doblados de la casi instantaneidad de la información debería, en realidad, simplificar la tarea, a condición que los responsables pongan cierta voluntad” (Otra razón…, p.120). “¿Cuáles responsables?” me preguntarán Lo que llamamos los “poderes públicos”, bien entendido, pero también los periodistas… Y cada uno de ustedes, si aceptan. Gracias por su paciencia y a aquellos que me harán el honor de continuar a seguirme, les hago cita en septiembre.

www.teoria-medaition.com

Jean-Luc LAMOTTE, antropólogo y ensayista
Catedràtico de instituto por letras clásicas, primero enseñó la lingüística en la Escuela Superior de las Letras de Beirut (Universidad de Lyon), luego profesó durante diez años en los cursos de dos años de preparación a los concursos de entrada de las Escuelas normales superiores (en Montpellier, luego en Versailles).
Su carrera lo condujo, por otra parte, a ponerse al servicio de la difusión de nuestra lengua y de nuestra cultura en el extranjero (Medio-oriente, Marocco, el Reino unido). También tuvo el honor de colaborar en los trabajos del servicio de las publicaciones de la Academia francesa.
Desde el 1991, se dedica a sus búsquedas en antropología clínica, llevadas en el marco de las actividades de la Escuela de Reno (Universidad de Haute Bretagne).
Discípulo de Jean Gagnepain, publicó una Introducción a la Teoría de la Mediación a las ediciones De Boeck (2001), y contribuye, actualmente, difundiendo el pensamiento del Dueño.

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