Lunes Otra Vez

Lunes Otra Vez

Es domingo por la noche. Pronto irás a dormir. Pones el despertador a las seis de la mañana y te acomodas dentro del cubrecama esperando que te acaricien los primeros aletazos del sueño. Deseas que acabe este día de una buena vez. Los domingos son así, abrumadores, pesados, ominosos. ¿Existen peores días que los domingos? Bostezas. Dejas en la mesa de noche el libro de Coelho que estabas leyendo y piensas en mañana. Te has propuesto reestrenar tu vida. Ir al gimnasio. Empezar la dieta que tenías prevista hace meses y bajar esos “kilitos” de más que ahora luces sin mayor pudor. Quieres poner tu vida en orden, dejar de lado ese espíritu pusilánime y holgazán que te caracteriza. Resuelves despertar con una sonrisa optimista, rozagante, luminosa, que anuncie a todos que eres un hombre nuevo, un visionario, un “triunfador”. Sientes que mañana es el gran día. Nada mejor que un lunes para comenzar. Besas tu osito de peluche y sin mayor dilación te entregas a la embriaguez del sueño.

Te sumerges en esa profunda dimensión sin dejar de pensar ni por un segundo en las horas que faltan para que sea lunes. Lunes. Lunes otra vez. Como esas mañanas en la formación de tu colegio: aguantando los discursos del director en la celebración de la insoportable efeméride del día; cantando el himno nacional, el de la ciudad y el peripatético himno de tu “prestigioso” centro educativo; rezando el padre nuestro, el credo, el avemaría y el angelito de la guarda por más de media hora sólo porque a tus viejos se les ocurrió la excelente idea de meterte en ese ilustre colegio religioso. O esas otras mañanas corriendo a la universidad sin desayunar porque la clase empieza a las siete en punto, y ya son siete y cinco, y el profesor hijo de puta te dice que ya es tarde, que vuelvas el próximo lunes, y que estudies porque hay examen; y así durante siete años, pues te jalaron en dos. Y tanto sacrificio ¿para qué? Para que otro lunes nuevamente muy temprano, con tu ternito azul recién alquilado, tus glamorosos zapatos de charol, tu currículum vitae minuciosamente archivado en un lujoso fólder manila, y tu periódico del día anterior bajo el brazo, busques empleo durante siete años más, porque ninguna oferta satisface tus encumbradas expectativas. Cansado de indagar, aceptas el primer trabajo que te sale al paso, y entonces otro abominable lunes aparece, perturbando de nuevo tus mañanas. Ahora trabajas en algo completamente distinto a lo que estudiaste, y te lamentas de ese sueldo miserable que no recompensa ni una sola de las mañanas sacrificadas para luchar por tus metas, renovarte a fondo, llegar a la cima del éxito, y ser, como dice el libro que sigue descansando en la mesa de noche, un “rotundo triunfador”.

Suena el despertador. Lo coges a tientas. Son las seis en punto de la mañana. Haces el intento de levantarte pero, ay, una lánguida ley de la gravedad te regresa a la cama. Arrojas el despertador que ahora, desconchinflado, debe odiar los lunes tanto como tú. Acomodas bien tu almohada. Vuelves a refugiarte bajo el cubrecama y sucumbes otra vez al dulce embate del sueño. Total, siempre hay un lunes para volver a comenzar.

cancion del disco “Un hombre busca una mujer”

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